jueves 3 de marzo de 2011

Así en el cielo como en la tierra. Balas de avión, alas de mar


Nueve horas y media. Como si fueran nueve semanas y media, alargadas de metal y mar de alfombra. Las ventanillas filtran de plástico un mundo irreal, ridículo, como de maqueta, porque el mundo se hizo a la medida de una suela, y no de un ala de avión/lata. Las sardinas hormiguean sus pies de turista peregrinando por el pasillo mientras otros envuelven las horas en mantas de plástico y almohadas de cartón piedra. Los supervivientes han/hemos encontrado ya el bar. Puro Darwin. Como siempre, al fondo a la izquierda, junto al motor, como junto al corazón, sobrevive el gin tonic. El todo incluido no incluye la primera copa. Mal empezamos.

Hay cierta disciplina de moda en la rutina de la noche que se viste de día, y que inevitablemente pasa por las camisetas de bebidas. Rones y pezones, dulces y de mala resaca. Las gogos no le deben nada al sol, maquillaje en brocha y ojos pintados o pasados de rayas. Pero la misma luz que las rebaja, las diferencia, la exhalta, las uniforma como a un general de gala, constelado de medallas aunque sea para limpiar letrinas, y muscula su verbo, osea su carne, con insolencia frente al mortal que camina o vuela entre bostezos, barrigas, oficinas, y pelos en la nariz. Un aeropuerto, al fin y al cabo una calle con pantallas, chirría a la luz del neón. Definitivamente, hay otros mundos, aunque se extingan al frisar los treinta. Por fortuna el Madrid alado en el que ahora escribo tiene reservas de mujeres amuralladas, de ginebra y de canciones de Julio Iglesias, no sólo para cruzar el Atlántico, sino la Vía Láctea, si mereciera la pena y allí hubiera mulatas.

Las azafatas limpian de mugre las nubes a bandejazos, enseñando las salidas de emergencia de los cielos, como si hubiera salida a una emergencia a estas alturas, a esta altura. Bonita patria, un metal en medio de la nada, para quienes hablan varios idiomas, varias sonrisas y demasiadas faldas.

Punta Cana es un cabo cuya otra punta recibe aviones de la Cruz Roja, mientras aquí llegan misioneros con pulsera de 'dios incluido' y en celo. Este Garamond, este Budha aerotransportado, huele a música house, a aceite que broncea unas pieles blancas que planean nueve horas en busca de otras pieles negras que se entregan sin reservas por ese oro pelado que es el dólar. Al final, el dinero es la piel del oro, y todo el dinero del mundo tiene piel de serpiente. Así en el cielo como en la tierra.