lunes 17 de octubre de 2011

Padilla, o el gladiador que piropeaba a la Muerte


Padilla es el torero al que se le ha muerto de un navajazo media plaza, que es ya de cemento negro, ojalá no para siempre. Y se venda el ojo mudo con ironía legionaria: “torearé, aunque sea con un parche”, cruel gabardina que al menos le arropa del miedo, que siempre es frío, y que le aguarda fuera de la gasa inmediata de la sangre. Pirata triste con alegría de repuesto, y medio rostro estatuado, rezándole al milagro de los ojos y los peces. ‘Ora pro nobis’, musita éste Juan Sin Miedo ya en ese alba fría que es cada cama de hospital. Me sangra tinta por la herida de Padilla.

Tiene casi dos metros de edad, y casi cuarenta años de estatura, la voz como un rumor grave y flamenco, como el crepitar de una hoguera de gitanos; un pelo ininteligible y patillas como muelles de otro tiempo. Se embute la montera de Paquiro como un casco decimonónico, uniforme de una milicia antigua y eterna, con la devoción castrense de quien saluda sobre su cabeza a la historia del toreo, que al final es la historia de una guerra. Su arte es peleón, áspero, moreno de tanto pasearlo al sol, honesto, brusco y bullicioso, a la altura de sus enemigos, grandes y toscos, fieros e íntegros. Porque el cortijo de Padilla -se llama, no en vano, Puerta Gayola- se pagó con monedas de Miura y Victorino, y eso sólo se consigue cuando la ambición mide lo mismo que el sacrificio. A Padilla le reza ahora mucho media España como a un San Juan Evangelista rasgado, arañado por la vida. La media España viuda de toreros vivos, a la que cada cierto tiempo se le tiene que morir, o casi, un traje de luces, para comprobar que el tiempo lo deja todo en su sitio del aparador. Yo, prefiero respetar en silencio a quien toreó al miedo, y admirar al buen hombre tronante de vida y amistad.

Me sangra tinta por la herida de Padilla porque sin él no estaría escribiendo aquí, ni de esto. Una luna de septiembre, a la luz de un par de hielos, se lo conté así a Juan: al entrar como becario en Tribuna leí que un torero había querido pegar en la puerta del Gran Hotel a mi compañero Cañamero, el ‘rizos’ con el que coincidía más en Garamond que en la redacción. Ignorando al contendiente, me ofrecí a vengar la afrenta, hasta que Paquito me enseñó, carcajeándose, una foto de Padilla en el mejor momento de su estatura: “Aquí lo tienes, monstruo”. Al poco, Padilla, que sólo le había tirado un periódico a la cara, acudió a firmar unas paces que sellaron con vino y chuletón en El Albero, liberándome de la improbable ‘vendetta’. Desde ese día, ellos son amigos, y Paco me acogió como cómplice personal y profesional. Y hasta hoy.

Otro día llamé a Padilla para entrevistarle mientras él, al otro lado del teléfono o al otro lado del caballo, me interrumpía para silbarle a un toro: “Eehh, torito bonito”. Lo titulé “El gladiador que piropea a la Muerte”. Hoy se que siempre es útil ser galante con una dama. Un día te devolverá el favor.

(Suplemento El Toreo, El Adelanto, 14/10/10)


1 comentarios:

Merce dijo...

Magnífico. Cierro pluma.