martes 10 de enero de 2012

Calle Navalón, esquina para escribir y torear


El marqués de Salamanca, que era de Málaga porque los ricos nacen donde quieren, se arruinó varias veces y acabó excomulgado, pero le pusieron su nombre al barrio más fetén de Madrid, y lo demás ya es literatura. Viene esto a que Alfonso Navalón ha dejado de ser un peatonal, para convertirse en calle. En esta foto borrosa y poco parecida que es la posteridad, uno sólo permanece si acaba en placa municipal. Tiene uno dicho aquí, que Cela le espetó a un ministro que en veinte años ningún español recordaría su nombre, mientras que el de el escritor acabaría en los sellos de correos. Ahora la carta con el sello de Cela se franquea para la calle Navalón 23, Fuentes de Oñoro, código postal ‘3700algo’. Y del ministro de Cela, o de los julais de la Diputación que putañeaban a Alfonso, no se acuerda ni Dios.

A Navalón le han puesto una calle en su pueblo y le han dado su nombre a un premio del Timbalero los mismos a los que despreciaba y despeñaba en sus columnas. Propinas que da la muerte, porque los muertos son los eternos traicionados. Ahora que la gente redacta, y casi nadie escribe, el verdadero homenaje a Alfonso sigue siendo leerle, o escribirle, como hizo Cañamero en su imprescindible biografía que tituló “Escribir y torear”. Leer al Navalón putañero y rugiente de oros en su tinta. Un genio escribiendo de los cuernos de Joselito, el culo de Capea, el toro de Madrid, los trinques de Molés o el rocío sobre los peñascos de El Berrocal. Navalón rubricó su propia biografía con una firma insistente, persistente y fija, tanto en los crímenes como en los sonetos. Defendió la Fiesta como nadie, exprimió la vida, fue el crítico más importante de su siglo, y uno de los cabrones más entrañables de esta ciudad. En el viejo Tribuna resuenan todavía los ecos de una máquina de escribir que apuñalaba con los dedos y tronaba como una ametralladora. Entendía como nadie el campo y a las mujeres, porque al final son las dos únicas sabidurías útiles del hombre. Pude, gracias a Cañamero, su amigo más fiel y su pupilo más aventajado, conocer lo que había al otro lado del barranco, brindar con él en el Garamond mientras me llamaba Franquito, y me birlaba a una amiga de la hija de Esplá.

Navalón murió de epílogo, más de cualquier otra miseria cancerable, y cito a Umbral para epilogar: “El talento es el que lo tiene todo menos eso que hay que tener. El genio es ese que anda desvalido sin otra cosa que su genialidad”. Descanse en ese libro, en esta calle, un gran genio desvalido

(publicado en El Adelanto, suplemento 'El Toreo' 7/1/10)