martes 10 de enero de 2012

El voto es un apetito


Disfruto perversamente cada jornada de elecciones, con ésta España de Carrusel que canta los escaños como los goles en Mestalla, de familias domingueras que salen a votar con el mantel, los niños y el abuelo, en éste camping de papeletas y apoderados que es la democracia. No es el gobierno del pueblo, sino lo que el pueblo se ha inventado para no tener que gobernar. Llueve sobre los papeles del censo ahorcados de un cordel en las ventanas de mi colegio, en el siglo del Ipad. Dijo Borges: "La democracia es un abuso de la estadística, una superstición muy extendida". Hay domingos largos, tendidos sobre una radio, que son placeres indescifrables.

El voto es un apetito, y así lo definía el maestro Umbral: "El domingo me pondré la camisa limpia, el traje nuevo, la bufanda roja y me iré, temprano, a votar. El domingo, este domingo, me lavaré mejor los dientes, me afeitaré de cuchilla, que apura más, y me iré, con mis zapatos crujientes, a votar.
(…) El domingo, este domingo, voy a madrugar como un hortelano, voy a ponerme la pana limpia, el vaquero de vestir, y voy a caminar despacio, meditativo, por mi pueblo, hasta la urna. En la cabeza llevo mi voto y lo pasaré a la papeleta. El voto de la resignación, el voto de la participación, el voto de la emoción, el voto útil e inútil de la verdad y la violencia de alma, para quedar en paz conmigo mismo y tomarme luego un tinto, el tinto sobrio y duro del deber cumplido y el domingo santificado." Amén