martes 10 de enero de 2012

La falsa navidad de un torero de veranos


La Navidad es una sucesión de días viejos y usados que se repite a base de promesas y manteles desgastados, de bombillas y amores de bajo consumo. Gallo es un torero nuevo, que se hace viejo a fuerza de repetirse al oído los buenos propósitos, como una Navidad diaria de luces rojas y verdes que parpadean por dentro de ese flequillo y de esa muñeca que empuñarán la muleta mañana en la Monumental. Torea en esta Navidad falsa de nieves, en ese México con acento en la equis, como un regalo envuelto de toro que se hace a si mismo, que, al fin y al cabo, son los regalos más desengañados.

Gallo es mi torero, al menos de entre los mortales y los locales, que viene a ser lo mismo. Tiene algo de promesa enfermiza, con el reproche del toreo bien peinado, que cumplió eso de que la juventud casi siempre consiste en pasarse o en quedarse corto. Tuvo (tiene) el arte y los cojones; tuvo (y no se si tiene) palmeros y millones, que siempre caminan juntos; tuvo leyenda de vicio y disfraz de triunfador rotundo, pero acaba (o principia) mañana, de torero navideño, como de gala de Bertín Osborne, cuando su turrón debía masticarse en verano y en Madrid, que es donde vive la Navidad, entre Ventas y Preciados. Las televisiones arborescentes prolongan la luz o la sombra culebreando entre las inmensas masas de españoles que se viven a si mismos entre El Corte Inglés y la casa de la abuela, viva o muerta, mientras un torero sólo se acuesta en verano un 25 de diciembre, fun, fun, fun... Dijo Einstein, y yo se lo digo a Gallo, que “la única razón para que el tiempo exista es para que no ocurra todo a la vez”.

Gallo duerme la Nochebuena prontamente, como un niño en su portal mexicano, con el frío lejano como manta que arropa sus sueños. Seguramente le pase como a mi, que cada la noche en que me acuesto pronto sueño con salir a pescar sirenas. Feliz felicidad.

(Publicado en El Adelanto, suplemento "El Toreo", sábado 24/12/11)